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Opinión: ¿Verde superficial o sostenibilidad real? La paradoja hídrica y ambiental de los jardines de Telde.

 

En un contexto insular marcado por la escasez hídrica, la crisis climática y el aumento del coste energético, la gestión del espacio público no puede responder a criterios puramente estéticos o cosméticos. La jardinería urbana de un municipio como Telde no debería ser un mero adorno, sino una infraestructura verde pensada para mitigar el calor, fijar carbono y hacer un uso inteligente de cada gota de agua. Sin embargo, la gestión actual parece guiarse por la improvisación y la falta de visión técnica.





Lo más sangrante de la situación es que la alternativa hídrica no es una utopía ni requiere megaproyectos inalcanzables. El agua regenerada está al alcance de la mano, pero falta voluntad política e inversión básica de remate. 

En el casco urbano existe una conexión de agua depurada ya preparada en la intersección de El Caracol. Un enganche que, hace un par de décadas, requería apenas una inversión de unos 60.000 euros para conducir el recurso hasta los grandes parques del municipio. En el valle de Jinámar sucede exactamente lo mismo. Bastaría con completar la canalización desde el entorno de El Cortijo hacia Lomo Francia para abastecer de agua reutilizable a extensas áreas verdes.

Resulta un contrasentido inadmisible que, teniendo las infraestructuras a las puertas, el Ayuntamiento continúe tirando más de 500.000 euros anuales en regar con agua de abasto desalada, pagando un recurso potable e intensivo en energía a precio de oro mientras el agua regenerada se vierte sin uso.

Casi parece resonar la famosa canción de Jarabe de Palo para justificar el rumbo de la jardinería local. ¿De qué depende? ¿De según cómo se mire todo depende?

Pero desde la perspectiva de la sostenibilidad urbana, la pérdida de masa vegetal consolidada no depende del prisma con el que se mire. Retirar especímenes de gran volumen, como las Euphorbia candelabrum adaptadas al clima y consolidadas durante años, para sustituirlos por flores estacionales o composiciones de bajo porte no es una cuestión de "gustos" ni de "ángulos de foto". Es un retroceso ecológico sin paliativos.

Sustituir árboles o crasas de gran porte por plantas vivaces estacionales, bienales o setos de cipreses tiene un impacto directo sobre las arcas y el entorno.

Las flores ornamentales exigen riego continuo con el agua desalada que tanto nos cuesta. 

No generan el refrescamiento urbano ni la fijación de CO2 que aportaban los grandes ejemplares eliminados.

Para cubrir los parterres tras las talas se recurre de forma continuada a la extracción de áridos (picones y gravillas), un proceso que erosiona el territorio para lograr un acabado artificial que retiene el calor en lugar de disiparlo.

¿Hacia dónde debe ir la gestión del verde en Telde? Un municipio insular no puede permitirse gestionar sus parques bajo la lógica del "verde de escaparate" para una foto efímera. No todo "depende" según cómo se mire: la factura hídrica, la inacción en las conexiones de El Caracol o Jinámar y la pérdida de sumideros de carbono son hechos incontestables.

La verdadera sostenibilidad requiere ejecutar de inmediato las conexiones pendientes de agua regenerada en El Caracol y el tramo El Cortijo – Lomo Francia. Y proteger los ejemplares de gran porte y la flora autóctona, capaces de subsistir sin riegos continuos.

Abandonar el gasto sistemático en floricultura de sustitución constante.Es momento de dejar a un lado la retórica del "depende", las confusiones de conceptos y la desidia infraestructural, para apostar por una política medioambiental rigurosa, responsable con el dinero público y coherente con el territorio de Gran Canaria.


Por: Domingo Rigüela Padrón 




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