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Cinco anuncios y cero coches retirados: el efecto llamada en Telde.

 

En materia ambiental, no es raro que la publicidad dada a un problema con el loable fin de visibilizarlo, dar a conocer los daños que se producen o comunicar las acciones en marcha termine provocando el efecto contrario. Me viene a la memoria un ecologista, al que admiro profundamente, que dio a conocer al gran público un paraje geológico de enorme belleza natural; hoy vemos con tristeza las publicaciones sobre el grave impacto que la presión de las visitas masivas está causando en el Barranco de las Vacas.




Algo muy similar está ocurriendo en Telde con los vehículos abandonados y la profusión de anuncios municipales sobre sucesivas campañas de retirada iniciadas desde el pasado mes de abril.

Frente a mi casa existe un terreno que los vecinos llevamos décadas utilizando como aparcamiento provisional ante la acusada falta de plazas en la zona. Dispone de unos 30 estacionamientos, insuficientes para las necesidades del barrio. Desde la pandemia comenzaron a quedarse abandonados algunos coches de residentes, normalmente entre dos y cuatro, una cifra que fluctuaba según las posibilidades económicas de cada propietario para arreglarlos.

Sin embargo, a partir del 7 de abril, cuando el Ayuntamiento anunció a bombo y platillo «la mayor retirada de vehículos abandonados de la historia de Telde», la cifra comenzó a crecer exponencialmente. El 20 de abril se envió un nuevo titular a los medios: «Los desguaces responden al llamamiento de Telde para retirar coches». A pesar de que no se había retirado ni un solo vehículo, el domingo 24 de agosto el Ayuntamiento comenzó a colocar notificaciones en blanco en los coches abandonados en Las Huesas, sin que me conste además la correspondiente publicación en el BOC para notificar legalmente a los titulares.

La situación empeoró en septiembre tras la noticia de que «Telde ordena retirar 77 vehículos abandonados durante años en la estación de guaguas» (la «estación fantasma»). A partir de ese momento, el abandono de coches en el aparcamiento de mi barrio se multiplicó: solo la semana pasada llegaron dos más traídos en grúa, ninguno de los cuales pertenecía a vecinos de la zona. Ya contabilizamos 10 vehículos abandonados, lo que supone perder un tercio de la capacidad total de aparcamiento para los residentes.

Todo esto me lleva a reflexionar si estos constantes anuncios mediáticos no estarán generando un perverso e involuntario «efecto llamada». Primero, porque al anunciar campañas de retirada se le señala indirectamente una vía rápida a quien tiene dificultades para gestionar un vehículo en desuso. En segundo lugar, porque se transmite el mensaje implícito de que «todo el mundo lo hace», normalizando e incitando al comportamiento incívico. Además, se informa a los «amigos de lo ajeno» dedicados al tráfico ilícito de repuestos sobre la ubicación de estos coches para que los vandalicen, produciendo en el desguace improvisado el vertido de líquidos peligrosos e inflamables directamente en la vía pública. Por último, se genera un «efecto rotación», trasladando los vehículos a barrios periféricos con menor presencia policial para eludir el control inicial.

Esta semana nos desayunamos con el quinto anuncio municipal del año: «Telde lanza una campaña para la retirada de vehículos abandonados con un sistema pionero». Y sin embargo, sobre el terreno, la retirada efectiva sigue siendo nula.

En lugar de publicitar tantas campañas periódicas, la gestión pública requiere implantar un servicio continuo y riguroso de retirada que evite estos picos de abandono. Asimismo, un gobierno municipal que abandera la prioridad de Canarias debería facilitar la entrega voluntaria: simplificar la baja definitiva del vehículo e instituir la recogida gratuita a domicilio mediante convenios con Centros Autorizados de Tratamiento de Vehículos (CATV). Menos titulares publicitarios y más eficacia administrativa.





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