Hay una ironía bastante amarga en esa mole de acero cortén y piedra que preside la visión desde la GC 1. Se supone que "La Mirada", la escultura de Sergio Gil en el enlace del CC. Las Terrazas, es un vigía de nuestra identidad, un ojo gigante diseñado para escudriñar el horizonte y simbolizar la comunicación en un nudo estratégico de nuestra geografía. Pero si te detienes un segundo a mirarla de vuelta —y no solo a pasar de largo, lo que ves no es arte, es tristeza oxidada.
Es curioso cómo funcionan estas cosas: inauguramos piezas con grandes discursos sobre "embellecer el entorno", pero luego nos olvidamos de que el arte público, como cualquier ser vivo, necesita cuidados. Esta obra no es un capricho estético; es un prodigio de técnica y cultura, donde el acero cortén y la piedra se funden para representar la fuerza y la observación de la libertad, igualdad y fraternidad.
El autor buscó en la nobleza de estos materiales una perennidad que la desidia institucional está logrando doblegar. Hoy, ese hierro que debería ser el esqueleto firme de nuestra historia se deshace en láminas de óxido, y la piedra, herida por el sol y el salitre, se resquebraja en un grito silencioso.
El pedestal es, sencillamente, una ruina. No es solo que el metal pierda la pátina que otorga el tiempo; es que la base se desmorona. Hay parches donde el revestimiento ha claudicado, dejando al desnudo las vergüenzas de un mantenimiento inexistente. El entorno, que debería ser un jardín digno de la obra, es hoy un erial de escombros, maleza y desechos. Es una falta de respeto flagrante al autor y, por extensión, a la ciudadanía.
Pero el peligro real no es el óxido, sino la amnesia colectiva. Como cronistas de nuestra realidad, tenemos la obligación moral de alzar la voz antes de que el daño sea irreversible. Ya cargamos con el precedente de "Tensión", la obra de Isabel López en Playa del Hombre. Aquella estructura, que desafiaba con elegancia al viento y al mar, no sucumbió a los elementos, sino al peso muerto del abandono. Terminó retirada, amputada de nuestro paisaje y de la historia artística de Telde.
No podemos permitir que "La Mirada" siga el mismo camino. El problema es que nuestras instituciones suelen ver el arte público como un evento de un solo día: la foto, el corte de cinta y a otra cosa. Pero poner una escultura en un enlace vial no es "plantar y olvidar".
Resulta casi cómico, por no decir trágico: una pieza diseñada específicamente para ser vista es precisamente la que las autoridades han decidido dejar de mirar. Limpiar la base, tratar el hierro y dignificar el entorno no debería ser una petición extraordinaria. Si no actuamos ahora, el olvido terminará por cerrar la mirada definitivamente. Y entonces, como ya ocurrió en Playa del Hombre, solo nos quedará el espacio vacío y el remordimiento.
Domingo de los Ángeles Riguela Padrón.
Vecino de Telde.



