La manifestación de los autónomos este domingo no fue solo una protesta laboral: fue un grito colectivo de dignidad. En cada pancarta y consigna se reflejaba la realidad de miles de profesionales que sostienen el tejido económico de las islas, pero que a menudo se sienten invisibles para las instituciones.  





El mensaje es claro: sin apoyo real, el trabajo autónomo se convierte en una carrera de obstáculos marcada por la precariedad, la falta de protección social y la incertidumbre constante. Esta movilización pone sobre la mesa un debate que Canarias no puede seguir aplazando: ¿qué lugar ocupa la figura del autónomo en nuestro modelo económico y social?  


Más allá de las cifras, lo que se reclama es reconocimiento humano y político. Los autónomos no piden privilegios, sino condiciones que les permitan vivir con seguridad y aportar al desarrollo de la comunidad sin que ello suponga un sacrificio desmedido.  


La protesta deja una enseñanza: la dignidad no se negocia. Y si la economía canaria depende en gran medida de estos trabajadores, entonces la sociedad en su conjunto debe escuchar y responder. El futuro de las islas pasa por garantizar que quienes levantan cada día sus negocios y servicios tengan un respaldo sólido, porque su esfuerzo es también el esfuerzo de Canarias.