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La agonía de la Palmera Canaria.

 

El emblema de Canarias ante el mundo, se muere en nuestra propia tierra. Y la causa no radica únicamente en las plagas de Diocalandra o de Opogona sacchari, ni en enfermedades criptogámicas como el Fusarium o la Thielaviopsis; ni siquiera en la mosca blanca que tanto se denunciaba antaño. La verdadera causa es la desidia de un pueblo al que parece no dolerle la pérdida de su patrimonio vegetal.






Tuve la oportunidad de observar muy de cerca el trasplante de varias palmeras provenientes de la carretera de Valsequillo mientras me encontraba convaleciente. Pese a contar con autorización municipal, las máquinas, autogrúas y transportes cargados con los ejemplares permanecieron parados durante horas en la Avenida Alejandro Castro Jiménez porque algún responsable del área impedía su plantación. A pesar de estos obstáculos, la gran profesionalidad de la empresa encargada permitió que la tarea se completará en abril del año pasado.


Me consta que, periódicamente, se procedió a su riego con cubas, cumpliendo así con la obligación legal de mantenimiento durante seis meses. Sin embargo, una vez transcurrido ese tiempo, quien debía hacerse cargo miró hacia otro lado —quizás el mismo responsable que retrasó su plantación, aunque esto último sea una suposición—. No resulta razonable que un "enroñe" o pataleta institucional deje morir ocho ejemplares; aunque se trasplantaron más, todavía quedan algunos que podrían salvarse si se actúa de inmediato.


Estas situaciones son más comunes de lo que se piensa, y no solo en Telde. No es un mal exclusivo de los responsables políticos; también ocurre con el personal técnico. El problema es la falsa, o nula, concienciación. El trasplante debe ser una herramienta fundamental para la supervivencia de especies que, por razones de crecimiento o modificación urbanística, se ven condenadas a la desaparición. No puede ser una mera "tabla de salvación" o un lavado de cara ante la opinión pública, sino un instrumento de reordenación y crecimiento de las zonas verdes. No es de recibo que un arquitecto o paisajista elimine ejemplares adultos —de cualquier especie— como quien borra un trazo para tener un lienzo en blanco.


Aprovecho para resaltar otros escenarios de abandono. Palmerales como el de la Hoya de San Pedro o el del Cortijo de San Ignacio, asociados a los antiguos cultivos de plataneras, agonizan por el olvido. El primero, pese a estar proyectado como parque en el PGOU de 2002, sigue sin intervención alguna. El segundo, tras la construcción del campo de golf recogida en el mismo Plan General —con las recalificaciones y promociones que ello supuso—, fracasó y fue abandonado. Ahora, las administraciones nos hablan de nuevos cambios de uso que traerán beneficios tanto a los propietarios como a la isla. Sería deseable que ese beneficio empezará por no dejar morir ejemplares por el abandono, algunos de ellos centenarios.


Por Domingo Rigüela Padrón.




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