La sostenibilidad en la jardinería pública se está entendiendo mal. Con frecuencia, se limita a buscar la reducción de la mano de obra en el mantenimiento; un enfoque que, en el mejor de los casos, solo se traduce en un menor coste para la administración y en un mayor beneficio para la empresa adjudicataria del servicio. Mientras tanto, la ciudad pierde.
Telde lleva varias décadas talando sus árboles urbanos. San Gregorio, San Juan, El Calero o El Ejido son ejemplos de una lista que ha reducido la masa forestal de la ciudad casi a la mitad. No vale la pena centrarse ahora en buscar culpables individuales, pues por las áreas de gobierno han pasado políticos de todos los colores, incluidos los que se autodenominan verdes.
Si observamos nuestros jardines municipales, y sobre todo nuestros parques, es evidente que han ido perdiendo la densidad arbórea y vegetal que tenían antes del año 2000. La causa es ese halo de "sostenibilidad" mal entendida. Bajo este pretexto, se van eliminando árboles —no solo las marras, sino también mediante aclareos y supuestos rediseños artísticos—, destruyendo la biodiversidad de nuestros espacios verdes en pro de la "belleza" del picón, el cemento o la piedra. Esto, además de ser poco ecológico por la extracción de áridos y el aumento de la huella de carbono en el transporte de materiales, supone una drástica reducción del sumidero de CO2 y de la capacidad de generar oxígeno de nuestras áreas urbanas.
Frente a este desierto gris, existen alternativas mucho más económicas y verdaderamente sostenibles: los minibosques y los bosques urbanos bajo el método Miyawaki. Aunque conceptualmente tienen sus matices, en la práctica persiguen el mismo fin. Ciudades como París, Barcelona o Gijón ya los están implantando con éxito: reducen la superficie de solado en sus plazas históricas para dar paso a densas agrupaciones de vegetación arbórea y arbustiva. El resultado son verdaderos pulmones verdes que funcionan como refugios climáticos vitales durante los episodios de calor extremo.
En Telde, lamentablemente, caminamos en sentido contrario. Seguimos destruyendo lo que se creó en los noventa, optando por soluciones estériles que faciliten el rastrillado y la limpieza rápida.
Sin embargo, revertir esta situación es posible si existe voluntad política o, en su defecto, la suficiente presión social. Estamos a tiempo de recuperar la densidad vegetal que un día tuvieron parques como el de San Juan o el de las Mil Palmeras, donde los vecinos podíamos pasear bajo la sombra en los días más tórridos. Podemos transformar el parque de San Gregorio, hoy un monumento al hormigón, en un auténtico vergel de frescor.
La transición es sencilla: consiste en plantar un conjunto de árboles y arbustos propios del bosque termófilo, el piso basal donde se asienta Telde, con una densidad de entre tres y cinco ejemplares por metro cuadrado. Al competir por la luz y los nutrientes debido a la cercanía, estas especies se adaptan rápidamente y aceleran su crecimiento. Es cierto que durante los dos o tres primeros años requieren un mantenimiento similar al de las extensiones de picón y grava que se usan ahora; pero una vez establecidos, las necesidades de riego y cuidados se reducen a la mínima expresión, llegando a ser comunidades autosuficientes.
Esta revolución no es solo vegetal; también es zoológica. Al aumentar la biodiversidad, se multiplica la fauna auxiliar (insectos, aves, reptiles y pequeños mamíferos), lo que ayuda de forma natural a controlar las plagas urbanas.
No dudo de la sensibilidad de la clase política, pero para activar esta transformación es imprescindible que todos tomemos partido. No basta con las acciones que realizamos en el entorno familiar; debemos llevar esta conciencia a todos los ámbitos de nuestra vida —el trabajo, la formación, las relaciones sociales— y, sobre todo, participar de forma activa en la vida pública para exigir las ciudades que merecemos.


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